Un operativo de ICE culminó en la deportación de Misael García-López a México, lejos de la vida que había construido en Eugene.
Ahora, los suyos deben reconstruir un hogar dividido por la frontera.
Cada mañana, Misael García-López llevaba a su hijo Leo, de 11 años, a la escuela del vecindario de Bethel. Luego, conducía hasta Spencer Butte y caminaba hasta la cima. Disfrutaba el aire fresco y la tranquilidad del sendero. Desde lo alto, observaba Eugene, la ciudad donde, durante los últimos 18 años, había construido una vida junto a su familia.
Nada anunciaba que aquel miércoles, 19 de noviembre de 2025, sería distinto. Al menos no cuando dejó a Leo frente a Prairie Mountain School. Se despidió de él, le deseó un buen día y prometió regresar a recogerlo después de clases.
Al salir del estacionamiento, cerca de las 7:30 de la mañana, Misael advirtió que una camioneta SUV azul, sin placas, seguía a su Ford F-150. Poco después apareció un segundo vehículo. Entonces se encendieron las luces y sonaron las sirenas. Misael se detuvo cerca de los humedales de Meadowlark Prairie.
Los hombres que rodearon la camioneta eran agentes de ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos. Según los registros oficiales, participaban en un “operativo migratorio selectivo”. Misael era la persona que buscaban. Tenía 48 años y había sido señalado como “objetivo de interés” por no contar con estatus migratorio legal en Estados Unidos.
Para las 9 de la mañana, la familia de Misael aún ignoraba lo sucedido.
Valeria, su esposa, lo llamó durante su descanso en el trabajo, como hacía habitualmente. Misael no respondió. Sus hijos —Leo, Jasmine, de 22 años, y Luis, de 28— también intentaron localizarlo, sin éxito.
Jasmine, embarazada de tres meses, siguió la última ubicación registrada por el teléfono de su padre. La señal la llevó hasta Meadowlark Prairie. Allí encontró la camioneta de Misael, vacía y estacionada junto a los humedales.
La última mañana juntos
Misael no tenía antecedentes penales. Su historial judicial se limitaba a una multa por exceso de velocidad y un par de casos tramitados en una corte menor.
A comienzos de los años 2000, Misael y su esposa cruzaron la frontera en momentos distintos y sin autorización. Los dos perseguían la misma esperanza, construir un futuro mejor para la familia que estaban formando. Eligieron Bethel-Danebo, un vecindario de Eugene, para establecerse y criar a sus tres hijos.
Debido a la delicada situación migratoria de la familia, Lookout Eugene-Springfield utilizó los seudónimos Valeria y Luis para referirse a la esposa de Misael y a su hijo mayor.
Según los documentos de ICE, Misael no llevaba consigo “documentos migratorios válidos” cuando los agentes detuvieron su camioneta. Chrissy Cuttita, portavoz de la agencia, reiteró esa versión en una declaración emitida en noviembre. En el lugar, un agente supervisor de detención y deportación, identificado como “Campbell” en los registros oficiales, emitió la orden para arrestarlo.
Los agentes le ordenaron que bajara de la camioneta, le quitaron el teléfono y las llaves, lo sentaron en la parte posterior de uno de sus vehículos y se lo llevaron.
Desde la ventanilla, Misael contempló cómo las calles de su vecindario iban desapareciendo.
“Entré en shock”, dijo Misael en español a Lookout. “No podía creer que estuviera siendo arrestado por inmigración. O sea, yo nunca pensé que me iba a pasar eso…. Pensé que, como no tengo récord criminal ni nada, acaso me [darían] unos ocho o quince días en prisión y [luego volvería] a ver a mi hijo”.
Durante los dos meses siguientes, Misael permanecería detenido a cientos de millas de su hogar mientras su caso avanzaba lentamente ante una corte de inmigración. Los esfuerzos de su familia por mantenerse unida terminarían separándolos a uno y otro lado de la frontera. Después de casi dos décadas construyendo una vida juntos en Eugene, tendrían que emprender la lenta y dolorosa tarea de reconstruirla, esta vez separados.
Misael fue uno de al menos 15 residentes del condado de Lane detenidos por ICE el 19 de noviembre.
Entre octubre y diciembre de 2025, ICE detuvo a casi 1,200 personas en Oregon. El aumento de los arrestos formaba parte de la amplia ofensiva migratoria de la administración Trump, que ha trastocado la vida de miles de familias en todo Estados Unidos.
Sin embargo, la familia de Misael no sabía nada del operativo ni dónde se encontraba.
“Nadie nos dijo que se habían llevado a mi papá”, dijo Jasmine.

Después de que ICE detuvo a su padre, Jasmine, de 22 años, hizo todo lo que estaba a su alcance.
Atardece en el vecindario Bethel-Danebo, en Eugene. Misael fue una de las 15 personas detenidas en esa ciudad el 19 de noviembre.

Tras las rejas
Cerca del mediodía, Misael llamó a su familia desde un centro de ICE en Portland. Explicó que aquella mañana había rogado a los agentes que lo dejaran avisarle a Jasmine que debía recoger a Leo de la escuela. No se lo permitieron. Tuvo que esperar hasta llegar a Portland para que uno de ellos le concediera unos minutos al teléfono.
“Me dijeron ‘Tienes cinco minutos para hablar con tu familia, para que te busquen un abogado, ya sea que quieras pelear tu caso o no’”, relató Misael.
Fue entonces cuando empezó a temer que aquella despedida frente a la escuela hubiera sido la última vez que vería a Leo.
Después de un largo viaje en autobús rumbo al norte por la interestatal 5, Misael fue ingresado en el Centro de Procesamiento del Noroeste de ICE, en Tacoma, Washington. El centro de detención, administrado por una empresa privada, tiene capacidad para 1,575 personas. Los detenidos han presentado más de 3,000 quejas por las condiciones del lugar.
Misael fue alojado en una celda subdividida en módulos con literas. Recibió dos uniformes grises, un examen médico, su medicación diaria para la diabetes y analgésicos para aliviar el dolor de su hombro izquierdo.
En 2024, se había desgarrado el manguito rotador al sufrir una caída mientras trabajaba para una empresa de jardinería que planta árboles para la ciudad de Eugene. Seguía recuperándose cuando fue arrestado. El dolor aumentó cuando los agentes le esposaron las manos detrás de la espalda. Misael les explicó en español que tenía una lesión. Según su relato, uno de ellos se burló antes de cambiar la posición de las esposas y sujetarle las manos por delante.
Aquella no había sido su primera lesión de trabajo. Años antes, una de sus manos había quedado atrapada entre las cuchillas de un aserradero, lo que lo obligó a someterse a una cirugía reconstructiva. Misael había trabajado como mecánico, albañil, lavaplatos y empleado de supermercado. Casi siempre aceptaba horas extra cuando estaban disponibles.
La vida en el centro de detención seguía una rutina diaria. Desayunaba salchichas y un cereal que, según contó, sabía a cartón. Cenaba arroz y frijoles. Para matar el tiempo, jugaba a las cartas y al baloncesto. Por las noches conversaba con otros detenidos hasta la madrugada, mucho después de que apagaran las luces.

“Nos dábamos ánimo. ‘No, pues dale para adelante. Todo va a estar bien. Vas a ver que vas a regresar con tu familia’, y pues consejos así”. contó Misael. “Pero, pues, desgraciadamente uno se va dando cuenta, día con día, de la realidad… que no es así”.
Mientras tanto, su caso entró en un proceso de deportación. Un juez de inmigración tendría que decidir si Misael podía permanecer en Estados Unidos o debía ser deportado por haber ingresado al país sin autorización.
“Nos dábamos ánimo. ‘No, pues dale para adelante. Todo va a estar bien. Vas a ver que vas a regresar con tu familia’, y pues consejos así. Pero, pues, desgraciadamente uno se va dando cuenta, día con día, de la realidad… que no es así“.
MISAEL GARCIA LOPEZ
La familia consultó a dos abogados que consideraban probable que Misael obtuviera la libertad bajo fianza. Esto le permitiría reunirse con su familia mientras continuaba el proceso migratorio.
Misael recordaba con frecuencia su casa prefabricada de Eugene y el canto de los periquitos que llenaba la sala. Después de que sus hijos mayores, Luis y Jasmine se independizaron, construyó un aviario para que las aves les hicieran compañía a él y a su esposa. Su canto lo hacía sentir vivo.
En cuanto tuvo fondos disponibles en la cuenta del economato del centro de detención, empezó a llamar a su familia al menos dos veces al día. Durante las conversaciones hacía bromas para aliviar la tensión y evitar que la preocupación se apoderara de cada llamada.
“Lo único que dice es ‘No es un lugar donde nadie quisiera estar’”, contó Jasmine. Aun así, Misael trataba de tranquilizar a su familia. Les decía que el centro de Tacoma era una “mansión” comparado con otras cárceles. Al menos allí, los baños tenían cortinas y ofrecían algo de privacidad.
Durante una visita, un sacerdote de Portland le regaló un rosario y una cruz.

Antes de su detención, Misael solía asistir a la iglesia católica St. Mark, en Bethel, donde Leo hizo su primera comunión. En 2015, Misael y Valeria se casaron a pocas millas de allí, en la iglesia católica St. Mary, ubicada en la calle Charnelton.
En Tacoma, Misael conoció a un salvadoreño que llevaba ocho meses detenido. El joven, de 20 años, elaboraba rosarios con una masa hecha con el pan que les servían en el centro. Misael consiguió seis a cambio de algunos artículos. Eran para los familiares con quienes esperaba reunirse algún día.
‘No me van a callar‘
Con Misael detenido, Jasmine y Valeria encabezaron la lucha contra su deportación. También asumieron la responsabilidad de sostener económicamente a la familia y se hicieron cargo de los trámites y de los gastos crecientes derivados de su detención.
Valeria y Misael se conocieron cuando eran adolescentes en Santa Ana Ahuehuepan, el pueblo natal de ambos, una pequeña localidad del estado de Hidalgo, al norte de la Ciudad de México.
Después de que Misael cruzara la frontera hacia Estados Unidos, Valeria siguió sus pasos acompañada por el hijo mayor de ambos.
El arresto de su esposo, ocurrido a poca distancia de su casa, dejó a Valeria atemorizada. Ese mismo día, la cámara Ring instalada junto a la entrada registró varios vehículos que pasaban lentamente frente a la vivienda. Coincidían con los que Misael había descrito después de su detención. Valeria pensó que podían estar buscándola.
Por esa razón dejó de trabajar y, durante varias semanas, rara vez salía de casa. Amigos, familiares y voluntarios de la comunidad la transportaban para realizar compras y otras diligencias. Jasmine volvió a vivir con su madre para acompañarla.

Consultado por correo electrónico sobre los operativos de ICE del 19 de noviembre, un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional, DHS, cuyo nombre no fue revelado, dijo que la agencia “no identificaría sus vehículos ni divulgaría sus tácticas porque eso pondría aún más en riesgo a sus agentes”.
También afirmó que las amenazas de muerte contra los agentes habían aumentado. “Nuestros heroicos agentes se identifican claramente como miembros de las fuerzas del orden durante los operativos”, dijo. “Usan máscaras para protegerse de pandillas sofisticadas como el Tren de Aragua y la MS-13, además de redes criminales, asesinos y violadores”.
Nacida en Eugene y ciudadana estadounidense, Jasmine asumió parte del sostén económico de la familia con lo que ganaba como asistente de enfermería certificada y empleada de Ross Dress for Less. Al mismo tiempo, concedía entrevistas a la prensa para contar lo que había ocurrido con su padre. Su pareja, Saugat Malakar, de 23 años, trabajaba durante la noche en McDonald’s. Juntos esperaban un hijo.
Desde el arresto de Misael, Jasmine no salía de casa sin llevar su pasaporte.
“Solo porque se lo llevaron y porque él y mi mamá quizá tengan miedo de hablar no significa que yo también vaya a tenerlo”, dijo Jasmine unos días después del arresto de su padre. Para ella, haber nacido en Estados Unidos le daba la posibilidad de alzar la voz. “Siento que, en cierto modo, tengo el privilegio de expresarme sin miedo”, subrayó.
A su madre ya se lo había dejado claro. “No voy a permitir que me intimiden. La gente puede decirme lo que quiera, pero no me van a callar”.
Antes del arresto, el futuro de Jasmine cabía en una pregunta sencilla. Quería saber si esperaba un niño o una niña. La respuesta llegaría durante su próxima cita con el obstetra. Misael ya había hecho su propia predicción. Estaba convencido de que el primer nieto de la familia sería varón.
El embarazo había sido inesperado. Cuando Jasmine se lo contó a su padre, él guardó silencio durante unos segundos, como si necesitara tiempo para asimilar la noticia. Después la envolvió en un fuerte abrazo.

“Tengo que evitar que todo esto me estrese demasiado porque debo cuidar la salud del bebé”, dijo Jasmine. “Pero me cuesta mucho contener la angustia y las ganas de llorar”.
La posible deportación de su padre agravaba esa presión.
“Mi mamá no quiere quedarse si mi papá no está”, dijo Jasmine. “Quiere acompañarlo adonde vaya, y mi hermanito tendría que irse con ellos. No es justo”.
“Eso acabaría separándonos”, dijo con la voz entrecortada.
‘No representa una amenaza’
La historia de Misael entraba ahora en otro terreno. El siguiente capítulo se escribiría entre documentos legales y audiencias en una corte de Tacoma, donde estaba en juego su libertad.
Los expedientes de su caso se remontan a 2007. Aquel año, Misael fue interceptado cuando cruzaba ilegalmente la frontera por Calexico, California. Recibió una orden de salida voluntaria, pero regresó poco después a Estados Unidos y se reunió con su familia en Oregon. Allí permaneció sin estatus migratorio legal durante los siguientes 18 años. Un portavoz de DHS aseguró en julio que “García-López ingresó ilegalmente al país en una fecha y hora desconocidas”.
“Este extranjero sabía cuáles eran las consecuencias de infringir las leyes migratorias de Estados Unidos, porque ya había experimentado las consecuencias de ser encontrado ilegalmente en Estados Unidos cuando se deportó voluntariamente en 2007”, declaró en noviembre la portavoz de ICE, Chrissy Cuttita.
Courtney Carter, una de sus abogadas, sostuvo que la detención obligatoria no correspondía en su caso. Citó la ausencia de antecedentes penales y sus casi dos décadas de residencia en Estados Unidos.
Antes de la audiencia de fianza del 6 de enero, Jasmine y Valeria reunieron más de una docena de cartas para mostrar al juez la vida de Misael más allá del expediente. Familiares y amigos lo describieron como un hombre trabajador, afectuoso y dispuesto a ayudar.
“Le pido respetuosamente que tome en cuenta el profundo impacto que mi tío tiene en nuestra familia y nuestra comunidad”, escribió su sobrina Liliana Simiskey, residente de Utah. “Él no representa una amenaza; brinda consuelo, seguridad y fortaleza a quienes lo rodean”.
Otros recordaron acciones concretas. Dora Herrera Bravo contó que Misael la ayudó a retirar una bañera y un inodoro después de que comprara su primera casa.
“Él no representa una amenaza; brinda consuelo, seguridad y fortaleza a quienes lo rodean”.
Liliana Simiskey
Ashley y Abigail Griego señalaron que ayudó a pintar la vivienda familiar.
Anahi Lomeli Aceves recordó que llevaba a su sobrino nieto a los entrenamientos de fútbol.
Isaac Díaz, de Springfield y mejor amigo de Luis, escribió que Misael había sido para él una figura paterna ante la ausencia de su propio padre. Contó que Misael solo le permitió pasar tiempo con Luis después de conocer a su madre. A partir de entonces, los dos jóvenes pasaron “innumerables horas” en casa del uno o del otro.
“Es difícil entender que un padre que ama a sus hijos y hace todo lo posible por estar presente en sus vidas pueda ser separado de su familia”, escribió Diaz. “Sus hijos no merecen crecer sin su padre”.
‘Una racha de mala suerte‘
Misael pasó el Día de Acción de Gracias, la Navidad y el Año Nuevo tras las rejas en Tacoma. También cumplió allí 49 años. Durante la detención, dijo que el tiempo “se hacía eterno”.
El 6 de enero, Misael compareció junto a Carter, su abogada, ante la Corte de Inmigración de Tacoma para una audiencia preliminar que normalmente se limita a un breve trámite procesal.
Hilary Smith, su otra abogada, debía encargarse de la audiencia de fianza prevista para más tarde ese mismo día.
Sin embargo, según Smith, el juez John Odell se mostró frustrado porque Carter no estaba preparada en ese momento para argumentar sobre los asuntos relacionados con la fianza y comenzó a interrogar directamente a Misael, sin proporcionarle un intérprete.
Hasta ese momento, el expediente solo documentaba el cruce fronterizo de 2007, pero las preguntas del juez revelaron otros cruces anteriores.

Durante sus cruces fronterizos, Misael atravesó a toda prisa un canal de aguas turbulentas, recorrió el desierto a pie y viajó oculto en camiones. La primera vez que llegó a Los Ángeles, vivió durante dos meses con otros migrantes y ganaba 60 dólares a la semana planchando jeans.
El interrogatorio llevó a Misael de regreso a una etapa difícil de su vida en México, cuando era un padre joven de poco más de 20 años y trabajaba en una refinería y en la construcción. Su hijo mayor, Luís, había nacido prematuramente y necesitaba atención médica costosa. Después murió una hija recién nacida. Misael necesitaba dinero para pagar el funeral.
Entre 2000 y 2007, Misael cruzó la frontera varias veces con ayuda de coyotes —traficantes de migrantes vinculados a los cárteles—, persiguiendo las oportunidades que, según había escuchado, otros migrantes encontraban en Estados Unidos. Cuando los cruces se volvieron demasiado peligrosos y agotadores, decidió establecerse en Oregon.
Smith dijo que los jueces de inmigración de Tacoma interpretaban cada vez más esos cruces anteriores como señales de un posible riesgo de fuga. En el pasado, explicó, habrían considerado con mayor comprensión las circunstancias que obligaban a los migrantes a regresar temporalmente a sus países.
Eso había cambiado. En las audiencias de fianza, Smith ahora debía responder preguntas que “por lo general no le habrían planteado”.
La abogada había observado la misma tendencia en casos de habeas corpus, peticiones que cuestionan la legalidad de una detención y suelen solicitar una pronta audiencia de fianza.
“La audiencia de fianza se realizó de una forma más invasiva y agresiva, por decirlo de algún modo, quizá con la intención de encontrar motivos para negarla”, afirmó Smith.
Al final, el juez negó la fianza. Smith describió el resultado como “una racha de mala suerte”.
Cuando Misael llegó a la audiencia, todo parecía jugar en su contra.
Según una demanda presentada en marzo por Northwest Immigrant Rights Project, los jueces de inmigración de Tacoma están entre los más severos del país al decidir sobre la libertad bajo fianza. En 2025, el porcentaje de casos en que los jueces de inmigración de Estados Unidos concedieron fianza a personas no ciudadanas fue el más bajo desde que existen registros. Durante los primeros cuatro meses de 2026, la proporción cayó todavía más.
A esa dureza se sumaba la presión de la administración Trump. Según una investigación publicada por The New York Times en abril de 2026, el gobierno presionaba a los jueces de inmigración para que restringieran la libertad bajo fianza a quienes habían cruzado la frontera sin autorización y aceleraran las deportaciones.
La instrucción tenía un precedente. Durante el primer gobierno de Donald Trump, los jueces recibieron una versión más moderada de la misma instrucción. En 2018, un juez dijo a The Seattle Times que su trabajo era como “juzgar casos de pena de muerte en un tribunal de infracciones de tránsito”.
La audiencia de Misael tuvo lugar en medio de ese endurecimiento.
Meses después, los abogados del despacho de Smith comenzaron a presentar más peticiones de habeas corpus para impugnar la manera en que se realizaban aquellas audiencias. Algunas tuvieron éxito y terminaron con la liberación de detenidos.
“Durante las audiencias de Misael, nadie había considerado seriamente esa posibilidad porque era una estrategia bastante nueva”, dijo Smith. “Desafortunadamente, todo se dio en un mal momento y él se llevó la peor parte”.
Boleto sin retorno
Al negar la fianza, el juez cerró la última posibilidad de que Misael regresara a casa mientras se resolvía su caso. Sus abogados reconocieron, además, que ya no quedaban opciones para conseguir su liberación. La angustia que la familia había sentido en noviembre regresó con la misma intensidad.
“Realmente, todos pensábamos que lo iban a dejar ir”, dijo Jasmine.

Misael había visto a otros detenidos regresar con sus familias después de pagar la fianza, incluso a algunos con antecedentes penales y varios cruces fronterizos. Sin embargo, para él, la puerta seguía cerrada.
Podía solicitar asilo o la cancelación de la deportación, pero perder el caso habría significado apelar desde la cárcel y seguir separado de su familia indefinidamente.
“A veces, el objetivo principal se limita simplemente salir del centro de detención”, dijo Smith. “Creo que eso fue lo que ocurrió en este caso, considerando el consejo que también recibió de su otra abogada, quien conocía mejor las posibilidades reales de éxito de su solicitud”.
Lookout solicitó en repetidas ocasiones los comentarios de Carter, la otra abogada de Misael, pero no recibió respuesta.
Ante esa realidad, Misael optó por la “salida voluntaria”, un acuerdo que le permitiría regresar a México en lugar de permanecer detenido mientras avanzaba un proceso que podía terminar con una orden formal de deportación. De emitirse, esa orden le habría cerrado las puertas de Estados Unidos durante 10 años.
Bajo la administración Trump, el número de migrantes detenidos que ponen fin a sus procesos migratorios mediante una “salida voluntaria” ha aumentado drásticamente en todo el país. Según un análisis publicado en mayo por The Washington Post, la falta de acceso a la libertad bajo fianza contribuye a ese incremento.
Una futura petición de Jasmine podría permitir que Misael solicitara un perdón migratorio para volver a ingresar a Estados Unidos. Según Smith, el trámite podría ser costoso y tardar entre un par de meses y un par de años. Sin embargo, las cortes de inmigración no detienen los casos de las personas bajo custodia mientras se resuelve esa posibilidad. La deportación de Misael era inminente.
La solicitud de salida voluntaria de Misael fue aprobada el 12 de enero.
Tres días después, Misael inició el recorrido que terminaría al otro lado de la frontera. Él y otros migrantes fueron trasladados en avión, con grilletes, hasta una instalación federal de inmigración en Arizona. Allí, los agentes federales los separaron según su nacionalidad. Tras pasar la noche a la espera de ser procesados, Misael fue llevado en autobús hasta Nogales, ya en territorio mexicano.

“Todos estábamos, digamos, emocionados porque íbamos a salir libres [y] no seguir en una prisión que no nos correspondía estar”, dijo Misael al recordar el viaje en autobús. “Pero al mismo tiempo íbamos tristes porque [estábamos] asimilando lo que nos estaba pasando”.
Entre los pasajeros viajaba Ignacio, su amigo desde los días de detención. Antes del arresto, ambos vivían a pocas cuadras de distancia en el oeste de Eugene.
Sus historias avanzaban en paralelo. Los detuvieron el mismo día y les negaron la fianza también el mismo día. Dentro del centro de detención aprendieron a apoyarse mutuamente y a compartir la poca esperanza que les quedaba. Sus hijas también mantenían contacto. Jasmine y Apple, la hija de Ignacio, habían empezado a intercambiar mensajes después de que sus padres cruzaran a México y sus nombres desaparecieran del localizador de ICE.
Jasmine no sabía en qué condiciones los agentes federales habían dejado a su padre en México. Misael tenía apenas 96 centavos, ningún documento y un teléfono bloqueado cuyo código no recordaba. La desorientación era tal que sentía como si alguien le hubiera borrado la memoria desde el momento del arresto.
Misael todavía debía recorrer 1,300 millas hacia el sur hasta Ciudad de México, donde su familia planeaba reunirse con él. Ignacio, que continuaría hasta Oaxaca, le dio antes 5,000 pesos —aproximadamente 300 dólares— para comprar comida, zapatos y un pasaje aéreo.

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¡Vive feliz en México!
La deportación separó a Misael de la familia que había formado en Eugene y lo devolvió, 18 años después, a la que había dejado en México.
En el aeropuerto de Ciudad de México lo esperaba Ángel, su hermano mayor, al volante de una vieja camioneta Ford. El revestimiento del techo estaba desgarrado y dejaba expuesta la espuma amarilla. Sobre el parabrisas, una imagen recortada de la Virgen María acompañó a los hermanos durante las dos horas de camino hacia Santa Ana, el pueblo donde habían crecido.
Los hermanos Misael (derecha) y Ángel viajan uno junto al otro en la camioneta de Ángel. No se veían desde hacía 18 años.

En el camino atravesaron Tula de Allende, una ciudad industrial y petrolera de casi 100,000 habitantes. Uno de sus principales empleadores es Pemex, la empresa petrolera estatal, que opera allí una refinería de gasolina y diésel. Las llamas sobre las torres metálicas y el laberinto de tuberías iluminan el horizonte las 24 horas del día.
Poco a poco, las construcciones quedaron atrás y el paisaje se abrió en pastizales secos, matorrales, árboles dispersos y cables eléctricos. El asfalto terminó en un camino de tierra, bordeado de casas de concreto con techos de lámina y ropa tendida al sol.
Ángel llevaba 18 años sin ver a su hermano. Aun así, dijo que Misael conservaba el mismo carácter reservado y el mismo sentido del humor. “Muy bromista, muy relajado”, apuntó.
Pero también percibió que algo había cambiado en él. Los “golpes de la vida”, dijo, habían dejado marcas.
“Ya no piensa como [cuando] tenía 15 años”, explicó Ángel. “Ya es un hombre hecho y derecho, y las responsabilidades que [eso implica].

Misael, en Santa Ana, su pueblo natal, en el centro de México.
Desde el asiento de la camioneta, Misael contemplaba un paisaje muy distinto al de las colinas verdes y los inviernos nublados del valle de Willamette. Eugene siempre le había parecido una ciudad hermosa, incluso cuando allí “llueve la mitad del año”. Tal vez porque, en su quietud, se parecía un poco a Santa Ana.
A la entrada del pueblo, un muro blanco recibió a Misael. En grandes letras azules se leía “Santa Ana Ahuehuepan”.
En este pueblo llano de unos 3,600 habitantes han vivido durante generaciones la familia García y los parientes de Valeria. La mayoría de sus residentes trabaja en el campo, mantiene pequeños comercios junto a sus casas o busca empleo en ciudades vecinas como Tula.
Desde la partida de Misael, el pueblo había crecido y las casas parecían apretarse unas contra otras. El río Tula también era distinto. Después de la escuela, Misael solía nadar allí con Ángel y sus amigos. Ahora, el agua arrastraba lodo y residuos procedentes del sistema de alcantarillado de Ciudad de México.
“Ya no es el pueblito de antes”, le dijo Ángel a su hermano.
La casa de una planta de Remedios López Guerrero, la madre de Misael, de 72 años, se encontraba al final de una entrada inclinada de grava. La vivienda servía como punto de encuentro para tres generaciones de la familia.
Un techo de lámina daba sombra a la fachada verde brillante. Una cortina bordada con girasoles, suspendida del marco de la puerta principal, se movía con la brisa. Arbustos crecían junto a los muros de ladrillo decolorados por el sol que rodeaban el patio. Llantas viejas, cubetas, garrafones y lonas se acumulaban junto a macetas con flores trepadoras colocadas sobre tarimas de madera y vigas metálicas.
“¿A dónde me trajiste?”, bromeó Misael con su hermano. “Aquí no es mi casa”.


La última vez que Misael había visto la casa de su madre, era mucho más pequeña. Con los años, la familia había añadido nuevas habitaciones. Eran una muestra de todo lo ocurrido durante su larga ausencia. El paso del tiempo también había dejado huella en su madre, en las arrugas de su rostro y en las canas de su cabello recogido.
Para celebrar el regreso, Remedios preparó pollo. Misael y su familia se reunieron alrededor de la mesa del comedor, situada junto a la cocina en la amplia habitación principal. Al otro lado, los sofás y sillones estaban acomodados en forma de U. Las paredes color albaricoque daban al lugar un tono anaranjado.
Brindaron con tequila y cerveza Dos Equis. Sus sobrinas Alison, de 8 años, y Araceli, de 4, le prepararon un cartel de colores que decía “Bienvenido a casa, tío Misael. Te queremos mucho”.
Al pie del cartel habían escrito otra frase.
“Vive feliz en México”


Pero esa noche Misael tuvo dificultades para dormir.
A la mañana siguiente, Misael se levantó antes de que el canto del gallo despertara al resto de la familia. Ayudó a su madre a cargar las cubetas de maíz molido para su negocio de tortillas. Cada día, Remedios trabajaba en una pequeña construcción del patio. Allí mezclaba y prensaba a mano la masa para preparar las tortillas que más tarde salía a vender.

Misael sabía que su regreso ejercía más presión sobre una economía familiar ya limitada. Antes enviaba alrededor de 100 dólares al mes a México para ayudar con los gastos de su madre. Ahora, Valeria había dejado de trabajar en Eugene y el dinero comenzaba a escasear.
Necesitaba trabajo, un automóvil y tiempo para enfrentarse a una interminable cadena de trámites. Debía comunicarle al gobierno mexicano una realidad que él mismo todavía intentaba asimilar. Estaba de vuelta en casa.

Mientras el pueblo aún duerme, Misael empuja una carretilla cargada de maíz por las calles de Santa Ana, acompañado por su madre, Remedios.
Adiós, otra vez
De vuelta en Eugene, Jasmine y Valeria revisaron el armario de Misael. Llenaron varias cajas con ropa y objetos personales, entre ellos sus botas de vaquero y el sombrero que había llevado el día de su boda, para enviárselos a México.
Las llamadas por WhatsApp les permitían conocer la nueva vida de Misael. La comida le provocaba malestar, pero las caminatas frecuentes, necesarias porque no siempre tenía un automóvil disponible, lo ayudaban a dormir mejor. Hacia finales de enero, Jasmine comenzaba a notar que su padre se sentía más tranquilo.
Mientras tanto, la familia en Oregon trazaba un plan para los próximos meses.
En Eugene, Valeria vivía con el temor constante de ser detenida por agentes de ICE. Por eso había decidido mudarse a México ese verano para reunirse con Misael y sus familiares en Santa Ana. Se llevaría a Leo una vez que terminara el año escolar y después de que Jasmine diera a luz.
Años antes, la familia de Valeria había utilizado las remesas que ella enviaba para construir una casa modesta junto a la tiendita de su madre. La vivienda seguía sin terminar, pero se convertiría en el futuro hogar de Valeria, Misael y Leo.
Jasmine y Luis intentaron convencer a su madre de que no se llevara a Leo. Valeria se negó. Leo tampoco quería separarse de ella.
No había una decisión que mantuviera unida a la familia.



Una tarde de enero, la familia se reunió en la sala para hablar de los próximos pasos. Jasmine explicaba el plan mientras Leo, sentado en un banco alto junto a la cocina, escuchaba en silencio. Las caricaturas seguían en la televisión, pero él ya no les prestaba atención.
Dijo que estaba emocionado por volver a ver a su padre, aunque sabía que todo sería “distinto”.
“Voy a echar de menos a todas las personas que conocí aquí, especialmente a mi hermano”, dijo Leo. “No estoy seguro. Seguramente voy a sentirme muy triste porque paso más tiempo con mi hermano y mi hermana que con nadie más”.
En el otoño, Leo tendría que comenzar séptimo grado en otra escuela, probablemente en un plantel situado a las afueras de Santa Ana que recibía estudiantes de todos los grados. Jasmine trataba de restarle peso al cambio con una broma. Le decía que, después de un tiempo en México, su español acabaría siendo mejor que el de ella.
“He vivido aquí toda mi vida”, dijo Leo. “Nunca he pasado más de una semana en México”.
Jasmine también se preparaba para despedirse. Antes de que el embarazo le impidiera volar, viajaría una semana a Santa Ana. Para entonces tendría cinco meses de gestación. Acababa de saber que esperaba un varón, tal como Misael había pronosticado. Desde México, su padre celebró el acierto con un sencillo “Te lo dije”.


Jasmine pidió un adelanto de sueldo en su nuevo trabajo como cuidadora de personas con discapacidad para pagar el boleto de ida y vuelta a Ciudad de México. Ya conocía Santa Ana. Había viajado allí dos veces, se había hospedado en la casa a medio construir y había conocido a los parientes de sus padres. Pero este viaje sería diferente. Esta vez solo quería estar con su padre.
“No sé cuándo volveré a ver a mi papá después de esto. Solo quiero despedirme”, dijo. Cuando se lo llevaron, “no pude hacerlo. Un día, simplemente, ya no estaba”.
‘De otra manera, no así’
Dos días antes de cumplir 23 años, Jasmine dejó Eugene al caer la tarde y emprendió el viaje hacia el aeropuerto de Portland.
A la mañana siguiente, cuando desembarcó en Ciudad de México, vio a Misael entre la concurrida zona de llegadas. Era la primera vez que ambos se veían en más de dos meses.
Se abrazaron durante un largo rato, aferrados el uno al otro mientras se secaban las lágrimas.

Después, Misael tomó la maleta más pesada y la mano de su hija. Salieron del aeropuerto caminando al mismo paso y emprendieron el viaje por el paisaje desértico hasta Santa Ana, siguiendo la misma ruta que él había recorrido semanas antes.
Aquella noche, con su hija durmiendo en la habitación contigua, Misael descansó mejor que en muchos meses.
Al día siguiente, el 6 de febrero, Jasmine celebró su cumpleaños.
Para celebrarlo, la familia materna se reunió en la casa sin terminar donde Valeria y Misael planeaban vivir. Su abuela preparó barbacoa de borrego en un horno excavado en la tierra. La carne se cocinó lentamente hasta quedar tan tierna que se desprendía del hueso.
Después de comer, llegó el momento del pastel. Encendieron las velas y la familia comenzó a cantar. Jasmine los miró y entendió lo que aquel momento podía significar. Tal vez era uno de los últimos cumpleaños que compartiría con su padre.
“Todos me miraban como diciendo ‘¿Por qué lloras?’”, recordó. “Mi papá sabía por qué”.



Más tarde, Jasmine se sentó a la mesa en la casa color albaricoque de Remedios. Pasó horas revisando fotografías antiguas de su padre que nunca había visto, tratando de reconstruir fragmentos de la historia familiar.
En una fotografía aparecía Misael junto a Manuel, su abuelo fallecido. Manuel lo había criado después de que su padre biológico se marchara. También había entregado a la familia una pequeña casa de adobe, demolida muchos años después, donde Misael pasó su infancia.
Dormían sobre petates y tapaban los agujeros del techo de tejas por donde entraba el agua cuando llovía. Después de las tormentas, Misael pescaba ranas en una charca que se formaba con el agua de lluvia en un campo cercano.
Al siguiente día, la conversación pasó de los recuerdos de infancia de Misael al capítulo que la familia todavía intentaba comprender.
Misael les habló sobre la vida en Tacoma. La habitación quedó en silencio cuando colocó con cuidado sobre la mesa los rosarios que había fabricado su amigo en el centro de detención.

Cuando le preguntaron a Remedios qué sentía por la detención de su hijo, la mujer, normalmente de pocas palabras, se derrumbó. La voz se le cerraba mientras intentaba contener las lágrimas.
“Él no es un delincuente”, dijo Remedios. “No ha robado, no ha matado, no ha ofendido a nadie. Mi hijo es una buena persona, señores. Ha [recibido] buenos ejemplos de mí, [porque] yo le he enseñado a respetar y que [sea respetado].”
Afuera, los perros ladraban en el patio y las sobrinas de Misael reían mientras jugaban con un gatito. Alrededor de la mesa, solo se escuchaba la voz de Remedios.
Misael mantenía la cabeza inclinada y se secaba los ojos mientras hablaba su madre.
Remedios agradeció a Dios que le hubiera permitido reunirse nuevamente con su hijo. Pero también le preocupaba cómo sobreviviría la familia sin la ayuda económica que él le enviaba.
“Ya no va a haber quién me apoye como él lo hacía”, dijo.
“Esto que le pasó a mi hijo, para mí, es algo muy fuerte”, continuó Remedios. “Es muy fuerte. Se imagina, para mí, yo como madre, y ahora él, ya con familia también, [la familia] que se quedó, que los dejó, y ya él no va a poder regresar, o no sé yo cómo [lo haría]”.
Misael había planeado regresar algún día a México, explicó su madre.
“Pero de otra manera, no así”.
La familia de Misael en México posa para un retrato.
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‘La parte más difícil es la despedida‘
Durante los días siguientes, buena parte del tiempo de Misael y Jasmine se fue en preparar la llegada de Leo y Valeria a México. Cada trámite les restaba tiempo a los pocos días que padre e hija aún podían compartir.
Una tarde, después de visitar una tienda de azulejos y pedir una cotización para el piso de la casa que Misael planeaba terminar, condujeron hasta las ruinas de Tula, donde permanecían en pie los vestigios del antiguo imperio tolteca.
La zona arqueológica quedaba a solo 15 minutos al norte del pueblo natal de Misael y Ángel. Ninguno de los dos había ido allí cuando era niño. Sin embargo, Ángel dijo que caminar entre aquellas ruinas le hacía recordar los días en que él y su hermano se arrojaban a nadar al río.
Jasmine y Misael recorrieron sin prisa el pequeño museo arqueológico. Se detuvieron frente a casi todas las exhibiciones y después siguieron un camino empedrado rodeado de cactus gigantes. En un puesto de recuerdos compraron pulseras iguales. Luego subieron a la enorme pirámide escalonada que se alzaba en el horizonte como un diente afilado. Misael guiaba con cuidado a Jasmine por los irregulares escalones de piedra.

Misael y Jasmine recorren las ruinas de Tula, el 9 de febrero. “Estaba contento [por tener] a mi hija conmigo, aunque no esté mi esposa ni mis otros hijos. Pero, de cierta forma, me ayudó un poco a amortiguar mi llegada aquí, a no sentirme tan solo”, dijo Misael.


Al llegar a la cima, Jasmine y Misael encontraron refugio del sol inclemente a la sombra de los guerreros de basalto, monumentos de más de cuatro metros de altura. Más allá de las figuras, el cielo despejado se extendía hasta las montañas. Solo las llamaradas de la refinería de Tula interrumpían el paisaje.
Durante unos minutos, el viento fue lo único que parecía moverse.
Pero la pausa fue breve. Al día siguiente, los trámites volvieron a ser parte de la agenda.
A la mañana siguiente, Misael, Ángel y Jasmine atravesaron campos resecos hasta una notaría situada junto a una carretera transitada. Debían tramitar los documentos necesarios para que Leo obtuviera la doble nacionalidad, un paso que facilitaría su mudanza a México. La noche anterior, Misael había hecho varias llamadas y conducido hasta tarde para reunir el dinero que costaban los trámites.


Allí se encontraron con Marisol Jiménez Villeda, prima de Misael, quien lo ayudó a orientarse en una burocracia que apenas comprendía.
“Él conoce, a lo mejor, más de Estados Unidos que de México”, dijo Marisol.


Cuando Misael emigró a Estados Unidos, llevaba una meta sencilla. Trabajar, ahorrar y construir una casa en su pueblo para su familia. Dieciocho años después, la casa estaba casi terminada, esperándolo. Lo que nunca imaginó fue regresar de aquella manera, solo, sin su esposa ni sus hijos. Tampoco había logrado mejorar la vivienda de su madre como habría querido.
“No logré o no terminé lo que yo anhelaba, que es, digamos, componer la casita de mi mamá”, dijo en un café situado debajo de la notaría, mientras los camiones pasaban haciendo temblar el lugar.
Pese a todo, aseguró que no se arrepentía.
“No tengo de qué esconderme, no tengo de qué avergonzarme”, dijo Misael. “Fui a luchar, como lo he dicho, por un futuro mejor para mis hijos y para mi madre. Lo cual, entre comillas, digamos, lo logré”.

Lo que no había conseguido era mantener unida a su familia. Esa separación, dijo, no comenzó con su detención. Había empezado cuando dejó México, siendo un joven de poco más de 20 años.
“Desde el día que emigré para Estados Unidos, para mí ya no hay, digamos, momento perfecto”, dijo Misael. “Porque desde que emigré para Estados Unidos se partió mi familia, que con el tiempo asimilé estar separado de mi familia en dos partes. Pero nunca pensé estar, digamos, [dependiendo] de la moneda de mis padres, como cuando yo me fui”.
“Ahora, en esta situación que estoy viviendo, estoy entendiendo el dolor que yo les [causé] a mis padres cuando me fui”, subrayó.
“De todos los que migramos a ese país, muchos, algunos, nos portamos mal. Otros vamos a hacer el bien. A lo que realmente vamos es a sacar a nuestras familias adelante, a ver por los nuestros. Y ese fue mi caso“.
Misael garcia lopez
En menos de 24 horas, Jasmine dejaría México y volaría a Oregon sin saber cuándo volvería a ver a su padre. Sentada a su lado en el café, le tomaba una mano mientras mantenía la otra sobre el vientre.
“Sabemos que ese momento se acerca”, dijo Jasmine. “Pero no queremos hablar de eso”.
La mañana del 11 de febrero, ya no pudieron evitarlo. Misael y Jasmine emprendieron el viaje al aeropuerto en el asiento trasero de la camioneta de Ángel. Intercambiaron pocas palabras. Durante el trayecto, ella se quedó dormida sobre el hombro de su padre.


El silencio del viaje se desvaneció al entrar en el aeropuerto. Entre el ruido de las obras y la prisa de los viajeros, Misael y Jasmine llegaron hasta la escalera eléctrica que llevaba al control de seguridad. Allí se abrazaron. La gente continuaba pasando mientras Jasmine lloraba sin poder contenerse.
Su padre le susurró unas últimas palabras de consuelo. Después la dejó ir.
Misael la siguió con la mirada mientras las lágrimas le recorrían el rostro. Jasmine no dejó de llorar hasta que el avión despegó.
Meses después, Misael seguía recordando aquella escena.
“Lo más bonito que queda en uno como padre, como en esta situación [en la] que conviví con [mi hija], aunque sea unos días y [luego] se volvió a ir”, dijo Misael meses después. “[Eso] es lo que cuesta más, volver a despedirte. [Te preguntas] cuándo vas a volver a abrazar a tu ser querido o volverlo a ver físicamente. Eso es lo que también [te] marca”.

‘Aprender a vivir con esa realidad‘
Mientras tanto, en Eugene la vida seguía su curso sin Misael.
Valeria regresó al trabajo. Por las noches se quedaba despierta hasta tarde preparando tamales en su cocina azul para venderlos a familiares y amigos. Era una de las formas en que completaba los ingresos de la casa. Jasmine, cada vez más cerca de dar a luz, se abastecía de ropa para el bebé y paquetes de pañales. En abril, decenas de familiares y amigos se reunieron para celebrar su baby shower entre adornos azules y blancos.
En la madrugada del 2 de mayo, a Jasmine se le rompió la fuente. Saugat la llevó de inmediato al Centro Médico PeaceHealth Sacred Heart de RiverBend. Poco después llegaron Valeria, Leo, varios amigos y su acompañante perinatal.
Aquella tarde nació Emilio Manuel.
El bebé nació sano. Jasmine le puso Manuel como segundo nombre, en homenaje al abuelo de Misael.
“Fue algo difícil de creer”, dijo un mes después, mientras Emilio se movía y balbuceaba a su lado. “Lloró y abrió los ojos en cuanto me lo pusieron sobre el pecho. Después le froté un poco la espalda y dejó de llorar”.
Valeria llamó a Misael poco después.
“Escuché a mi papá llorar y entonces yo también me puse a llorar”, dijo Jasmine.
En junio, a Misael todavía se le quebraba la voz al recordar la videollamada. Lo llenaba de alegría haber visto nacer a su nieto, pero le partía el corazón no haber estado allí.
“Son sentimientos encontrados, dos situaciones muy diferentes”, dijo Misael. “[Por] momentos [me siento] feliz y [por] momentos triste por no estar con mis seres queridos. Y, con el nacimiento de mi nieto, [siento lo mismo]”, agregó.
Para Misael, cada momento de felicidad llegaba atado al peso de la distancia.
“Son dos sentimientos al mismo tiempo y, es difícil. Es difícil tratar de procesar esto”, subrayó.


Durante las semanas siguientes, Jasmine rara vez perdía de vista a Emilio. La primera vez que se duchó sola después del parto, colocó al bebé en su asiento de seguridad dentro del baño. De vez en cuando, apartaba la cortina para mirarlo.
Emilio llenaba sus días de alegría y, por momentos, la ayudaba a olvidar otra despedida que se acercaba demasiado pronto.
El trámite de doble nacionalidad de Leo ya había concluido. Mientras tanto, la pequeña casa de Eugene se iba llenando de cajas listas para ser enviadas a México. Valeria y Leo partirían en agosto.



Después del trabajo, Valeria se apresuraba a buscar a su nieto en la habitación de Jasmine. Cuando Emilio lloraba durante la noche, lo tomaba en brazos hasta calmarlo para que su hija pudiera dormir. Aquella ayuda pronto desaparecería. Valeria se mudaría a México y Saugat regresaría a sus turnos nocturnos.
“Principalmente, somos mi mamá y yo”, dijo.
La familia todavía necesitaba dinero para enviar sus pertenencias a México, terminar la casa de Santa Ana y cubrir los gastos que seguían acumulándose a ambos lados de la frontera. Para ayudar, el hermano mayor de Jasmine y su esposa vendieron su vivienda y regresaron a la casa familiar.
Mientras tanto, en México, Misael tampoco lograba encontrar estabilidad., Misael was still struggling to find his footing.

La familia le envió desde Eugene su camioneta Ford, con la esperanza de que le ayudara a encontrar trabajo. Pero el vehículo llegó dañado y necesitaba reparaciones. A Misael todavía le dolía el hombro. Además, el trabajo escaseaba y casi todas las oportunidades exigían esfuerzo físico.
Algunos días, Misael ayudaba a su suegro, Jaime, en los maizales. Recorría los surcos y examinaba las barbas de cada mazorca en busca de gusanos. Aquella tarea sencilla era una de las pocas que le permitían despejar la mente.
“Yo quisiera que se vinieran, [pero] a la vez quisiera que no vinieran porque, pues, la vida no es tan fácil aquí”, dijo Misael. “[Aunque las cosas han mejorado] un poco en México, ya hay un poco más de fuentes de empleo, pero no sigue siendo fácil la vida aquí”.
En Eugene, el dinero tampoco alcanzaba.
“Mi hijo se va [al] bar, regresa [del] bar. Mi esposa se estresa porque no hay suficiente dinero. Mis hijos igual”, continuó. “Mis hijos incluso tuvieron que vender su casa para regresarse a vivir con mi esposa, para ayudarla con los gastos. Pues ha sido difícil, como le digo. Va a ser más difícil ahora que mi esposa se venga para acá con mi hijo”.

Para Jasmine, la ausencia de su padre comenzaba a sentirse en los momentos más cotidianos.
Una noche, mientras preparaba filetes de pollo empanizados con arroz, destapó una Twisted Tea. Era la primera bebida que tomaba desde antes del embarazo. Una canción de mariachi de Vicente Fernández sonaba de fondo.
Por unos instantes, la música llevó a Jasmine de regreso a aquellos fines de semana, meses atrás, cuando Misael subía el volumen y cantaba a todo pulmón sus canciones favoritas. Durante la secundaria, él nunca le permitió ir a fiestas. Pero cuando tuvo edad suficiente, algunas noches compartían un par de cervezas Modelo.
Entonces, el recuerdo empezó a doler.
“Hace un tiempo, mi terapeuta me dijo que era casi como si estuviera viviendo el duelo por mi papá”, recordó Jasmine. “Obviamente no está muerto, pero muchas veces se siente como si lo estuviera”.
Con el paso de los meses, también había cambiado su manera de enfrentar la ausencia.
“Ya no se trata tanto de intentar recuperar a mi papá”, continuó. “Ahora se trata de aceptar que no va a regresar, entender cómo será la vida sin él aquí y hacer las paces con esa realidad”. coming back and figuring out how that’s going to look like, and making peace with it.”

Cómo reportamos esta historia
Durante más de seis meses, Lookout Eugene-Springfield siguió de cerca la historia de Misael y su familia. Nuestra cobertura comenzó cuando agentes de ICE arrestaron a Misael en noviembre de 2025 y continuó durante su detención, su deportación y los preparativos para que su esposa y su hijo menor se mudaran a México en agosto de 2026.
En febrero, la reportera de Lookout Grace Chinowsky y el fotoperiodista Isaac Wasserman viajaron al pueblo natal de Misael, en México, para comprender mejor su experiencia y documentar su deportación. Realizamos decenas de entrevistas con Misael, sus familiares, sus abogados y otros integrantes de la comunidad que lo conocían. También examinamos diversos documentos judiciales.
El trabajo de traducción contó con el apoyo de colaboradores bilingües y de los profesionales Manuel Bayo Gisbert y Cristopher Rogel Blanquet. Normand García, exeditor de El Sol de Yakima, la publicación en español del Yakima Herald-Republic, tradujo al inglés las citas de fuentes hispanohablantes y estuvo a cargo de la traducción y adaptación editorial de este reportaje al español.







